Esas malditas toallas. Tengo que enfrentarlas todos los días. Voy al baño, me lavo la cara y ahi hay una de ellas, mirándome con su cara desafiante. Bajo las escaleras, y encuentro una igual, de otro color. Me voy de viaje: tengo dos iguales en mi valija. No basta con tirarlas al río, o con cortarlas en pedazitos y arrojarlas al primer tacho que se cruza en mi camino, que al regresar al dulce hogar hay una nueva, igual, de diferente color. Y a veces no entiendo si mi madre en su habitación tiene una taller clandestino de toallas o miles iguales en su placard.
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