David Sylveste:¿Forma parte de tus objetivos plantear y crear un arte trágico?
Francis Bacon: No. Creo, por supuesto, que si uno pudiese hallar un mito válido hoy donde hubiese la distancia entre la grandeza y su caída, que hay en las tragedias de Esquilo y de Shakespeare, sería una ayuda tremenda. Pero si estás fuera de una tradición, como está hoy todo artista, lo único que puedes querer registrar son los propios sentimientos sobre ciertas situaciones lo más cerca del propio sistema nervioso de que eres capaz. Pero al registrar esas cosas yo quizás sea de los que necesitan las distancias entre lo que solía llamarse pobreza y riqueza, o entre poder y lo opuesto de poder.
David Sylveste:Pero hay un gran tema tradicional, mitológico y trágico, que has pintado muy a menudo, que es la Crucifixión.
Francis Baco: Bueno, ha habido tantos grandes cuadros de la Crucifixión en el arte europeo que la Crucifixión es ya un espléndido armazón del que puedes colgar toda clase de sentimientos y sensaciones. Quizás resulte curioso que un individuo no creyente acuda a la Crucifixión, pero no creo que eso tenga nada que ver con el problema. Las grandes crucifixiones que conocemos... nadie sabe si quienes las pintaron tenían creencias religiosas.
David Sylveste:Pero las pintaron como parte de una cultura cristiana y para creyentes.
Francis Baco: Sí, eso es verdad. Quizás no sea un tema satisfactorio, pero no he encontrado otro hasta ahora que me haya servido tanto para abarcar ciertos sectores del sentimiento y de la conducta del hombre. Quizás se deba sólo a que como ha trabajado tanta gente en este tema concreto, posea ya este armazón (no se me ocurre una forma mejor de decirlo) sobre el que uno puede manejar toda clase de niveles de sentimientos.
David Sylvester: Por supuesto, muchos pintores modernos de todos los medios que se han enfrentado con este problema han vuelto a los mitos griegos. Tú mismo, en Tres estudios de figuras para la base de una Crucifixión, no pintaste al pie de la cruz las figuras cristianas tradicionales, sino las Euménides. ¿Hay otros temas de la mitología griega que hayas pensado alguna vez utilizar?
Francis Bacon: Bueno, yo creo que la mitología griega está aún más lejos de nosotros que el cristianismo. Una de las cosas de la Crucifixión es precisamente que la figura central de Cristo se eleva a una posición muy destacada y muy aislada, y eso, desde un punto de vista formal le da más posibilidades que si todas las distintas figuras estuviesen situadas al mismo nivel. A mi juicio, la alteración de nivel es muy importante.
David Sylvester: ¿Crees que tu enfoque del problema al pintar la Crucifixión es radicalmente distinto al enfoque que haces cuando trabajas sobre otros cuadros?
Francis Bacon: Bueno, claro, entonces estás trabajando en realidad sobre tus propios sentimientos y tus propias sensaciones. Podría decirse que te aproximas casi más a lo que es un autorretrato. Trabajas sobre una serie de sentimientos muy privados, y sobre la conducta, y sobre cómo es la vida.
David Sylvester: Un esquema personal repetido en tu obra es la yuxtaposición de las imágenes de la Crucifixión con el tema de la carnicería. La conexión con la carne debe significar mucho para ti.
Francis Bacon: Bueno, sí. Si vas a uno de esos grandes almacenes y recorres esos grandes salones de muerte, ves carne y pescados y aves, todo muerto, desplegado allí ante ti. Y, claro, como pintor uno capta y recuerda esa gran belleza del color de la carne.
David Sylvester: La conjunción de la carne con la Crucifixión, parece realizarse de dos modos: por la presencia en la escena de fragmentos de carne y por la transformación de la propia figura crucificada en un armazón de carne colgante.
Francis Bacon: Bueno, claro, somos carne, somos armazones potenciales de carne. Cuando entro en una carnicería pienso siempre que es asombroso que no esté yo allí en vez del animal. Pero el utilizar la carne de ese modo particular posiblemente sea algo parecido a como uno podría utilizar la columna vertebral, porque estamos viendo constantemente imágenes del cuerpo humano a través de radiografías y eso evidentemente altera las formas en las que uno puede utilizar el cuerpo. Conoces sin duda ese hermoso pastel de Edgar Degas que hay en la Galería Nacional; una mujer que se seca la espalda. Si te fijas en la parte superior de la columna, verás que casi sale por completo de la piel. Y esto da a la imagen un giro y carácter tal que cobras mayor conciencia de la vulnerabilidad del resto del cuerpo que si hubieses dibujado la columna con una trayectoria más natural hasta el cuello. Pero Degas hace que la columna parezca salir de la piel. No sé si lo hizo a propósito o no, pero el cuadro resulta mucho más espléndido, porque de pronto percibes la columna además de la carne, que él normalmente sólo pintaba cubriendo los huesos. En mi caso, estas cosas reflejan, sin duda, la influencia de las radiografías.
David Sylvester: Es evidente que gran parte de tu obsesión por pintar carne se relaciona con cuestiones de forma y color; es algo patente en los propios cuadros. Pero no hay duda de que tus obras sobre la Crucifixión figuran entre las que han hecho a los críticos a insistir en lo que llaman el elemento de horror de tu obra.
Francis Bacon: Bueno, ellos siempre han insistido en esa vertiente del horror. Pero yo no la percibo especialmente en mi obra. Nunca pretendí provocar horror. Basta observar las cosas y captar las corrientes subterráneas para comprender que nada de lo que yo haya podido hacer ha destacado esa vertiente de la vida. Cuando entras en una carnicería y ves lo hermosa que puede ser la carne y luego piensas en ello, puedes pensar en todo el horror de la vida... de que una cosa viva a costa de otra. Es como todas esas tonterías que se dicen sobre las corridas de toros. La gente come carne y luego se queja de las corridas de toros. Se dedican a quejarse por los toros y van cubiertos de pieles y con plumas en el pelo.
David Sylvester: Parece ser opinión general que esos cuadros de hombres solos en habitaciones transmiten una sensación de claustrofobia y de inquietud que tiene un matiz de horror. ¿Tienes conciencia de esta inquietud?
Francis Bacon: No, no la tengo. Pero la mayoría de esos cuadros retratan a individuos que se encontraban permanentemente en un estado de inquietud, y es posible que eso se plasmase en el cua dro. Supongo que, al intentar atrapar esta imagen, tratándose de un individuo que era muy neurótico y casi histérico, haya podido salir eso en el cuadro. Yo siempre pretendí expresar las cosas del modo más directo y crudo posible, y puede que, si una cosa llega directamente, la gente sienta que es horrible. Porque si dices algo muy directamente a alguien, aunque sea un hecho, el otro suele ofenderse. Los hechos suelen ofender a la gente; los hechos, o lo que solía llamarse verdad.
David Sylvester: Por otra parte, no es ni mucho menos disparatado atribuir una obsesión por el horror a un artista que ha hecho tantos cuadros del grito humano.
Francis Bacon: Podría decirse que el grito es una imagen de horror; de hecho, yo quería pintar el grito más que el horror. Creo que si hubiese pensado detenidamente las causas que hacen que alguien grite, hubiese logrado reflejar con más éxito el grito que intentaba pintar. Porque, en cierto modo, habría tenido una mayor conciencia del horror que producía el grito. En realidad, eran cosas demasiado abstractas.
David Sylvester: ¿Eran excesivas y puramente visuales?
Francis Bacon: Eso creo. Sí.
David Sylvester: Las bocas abiertas, ¿quieren indicar siempre un grito?
Francis Bacon: La mayoría, pero no todas. Ya sabes como cambia de forma la boca. Siempre me han impresionado muchos los movimientos de la boca y la forma de la boca y los dientes. Dicen que hay en ello todo un tipo de implicaciones sexuales, y a mí siempre me ha obsesionado mucho la configuración real de la boca y de los dientes, y puede que haya perdido ya esa obsesión, pero hubo una época en que fue muy fuerte. Me gusta, digamos, el brillo y el color que sale de la boca, y siempre tuve la esperanza de poder pintar la boca, en cierto modo, lo mismo que Monet pintaba una puesta de sol.
David Sylvester: ¿Así que podría haberte interesado pintar bocas abiertas y dientes aunque no hubieses pintado el grito?
Francis Bacon: Sí, creo que sí. Y he deseado siempre pintar la sonrisa, sin lograrlo nunca.
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